La administración Trump debe cuanto antes crear una estrategia efectiva para que todos los estadounidenses puedan acceder a la vacuna.

Por Juan Carlos Velilla | [email protected]

El mercado financiero y la opinión pública estadounidense han recibido con entusiasmo y mucho beneplácito los primeros anuncios veraces sobre los avances logrados en la búsqueda de una vacuna que proteja a los seres humanos del letal y para nada discriminador, coronavirus.

Ha sido indiscutible como Wall Street y las bolsas europeas han repuntado, y como las redes sociales han estallado de euforia ante la posibilidad de que los primeros resultados prometedores de los experimentos en curso, se conviertan realmente en la salida más exacta a esta pandemia que tanta incertidumbre, sufrimiento y muerte le ha causado a la humanidad que se creía soberbiamente indestructible.

Desde que se conoció del género que causa la enfermedad, se inició una competición médica, bacteriológica, virológica o científica por encontrar una vacuna o una cura que protegiera a los seres humanos y, por ende, permitiera controlar la expansión del virus de sus tenebrosos y mortíferos efectos. En China, Reino Unido, Francia y los Estados Unidos donde están localizados los laboratorios o centros de investigación más prestigiosos y donde más recursos existen, pareciera haber al final del túnel apreciables y promisorios procesos y resultados muy favorables, que nos van a dar finalmente y en un tiempo no muy lejano, la tan anhelada vacuna contra el coronavirus.

No obstante, sigue y seguirá siendo necesario por algunos meses varias dosis de espera y cautela porque aún queda un camino bastante estrecho y escabroso por recorrer, antes que una o muchas vacunas se declaren lo suficientemente seguras para un uso masivo y global. No se puede permitir que ahora, escudados en una posibilidad todavía remota referente a la conquista de una vacuna perfecta, y tras una reapertura económica rápida para muchos, los estadounidenses bajen sus esfuerzos de disciplina social que se han logrado con tanto sacrificio durante varios días en todo el país.

Indiscutiblemente, no se puede ignorar que el camino que resta por recorrer desde el punto de vista científico, ha venido presentando dentro del transcurso del mismo, serios obstáculos y problemas en el escenario mundial de carácter político y comercial asociados a la distribución y al acceso a la vacuna, una vez sea validada por las entidades regulatorias.

Es muy posible que los laboratorios privados y las instituciones públicas que están ante tal desafío, terminen patentando, controlando y exigiendo en la producción de las vacunas contraprestaciones económicas, e incluso políticas injustas, para permitir el acceso al compuesto.

Es por esto, que el Gobierno Federal debe organizar, desde ahora, una estrategia orientada a garantizar que la comunidad estadounidense en su integridad, tenga acceso a dicha vacuna de manera pronta, confiable, suficiente y a un precio justo. Hay que dejar en claro, frente a la comunidad internacional y al país, que Estados Unidos no debe permitir que se use la vacuna contra el coronavirus como una herramienta para hacer utilidades extraordinarias o como recurso de influencia o chantaje político nacional o mundial.

El manejo de la política exterior del país es vital para contribuir de la mejor manera a ese propósito. Tanto al Presidente como al Secretario de Estado y a otros entes del Gobierno Federal, les corresponderá liderar estatalmente, multilateralmente y globalmente una posición que impida el uso discriminatorio, selectivo o punitivo de los desarrollos sanitarios para frenar el covid-19.

De hecho, el camino lo acaba de abrir la Asamblea Mundial de la Salud, que en su 73ª edición que acaba de finalizar, se adoptó por consenso, y copatrocinado por 130 países, una resolución que exige la intensificación colectiva de esfuerzos para controlar la pandemia, además del acceso equitativo y la distribución justa de todas las tecnologías y los productos disponibles para tal fin.

El texto también hace resaltar que las vacunas que salgan efectivas contra el nuevo coronavirus sean clasificadas como un bien público y humanitario mundial. Tarea histórica y de muchísima responsabilidad para Estados Unidos que sigue siendo el país que más aporta económicamente para el descubrimiento de la vacuna que pondría punto final a la pandemia del coronavirus.

Cerca de 100 compañías de biotecnología e instituciones académicas de todo
el mundo se apresuran a encontrar una vacuna contra el COVID-19.

Expertos en salud pública predicen que las
estrategias actuales —como el cierre de escuelas y las órdenes de quedarse en casa— podrían
continuar intermitentemente hasta el 2022