Cuando se quedó embarazada por octava vez, Inés Ramírez Pérez sabía que no tendría el lujo de un parto fácil. Esta residente de 40 años de una remota aldea del sur de México ya había dado a luz a seis niños sobrevivientes.

Perdió a su último bebé debido a un parto obstruido, y esta vez, después de 12 horas de dolores, Pérez se dio cuenta de que también perdería a este bebé si no tomaba medidas drásticas.

Según informa Reader’s Digest, la instalación médica más cercana estaba a más de 50 millas de distancia de su casa. El esposo de Pérez, que la había asistido con todos sus partos anteriores, estaba en una cantina cercana que no tenía teléfono. Pérez tampoco tenía celular.

Sabía que si había alguna esperanza de que este bebé sobreviviera, ella misma tendría que sacarlo. “Si mi bebé iba a morir, entonces decidí que yo también tendría que morir. Pero si él iba a nacer, iba a verlo crecer”, dijo a los periodistas de los medios locales. Pérez tomó varios tragos de una botella de licor fuerte para calmar el dolor y tomó un cuchillo con una hoja de seis pulgadas.

No tenía experiencia médica, pero confiaba en su experiencia de matar animales para operarse a sí misma. En lugar de hacer el corte horizontal habitual a lo largo de la línea del bikini, hizo tres incisiones separadas en su abdomen, cortando verticalmente al lado de su ombligo mientras estaba en cuclillas. Más tarde, los médicos le informaron de que esta técnica le impidió dañar alguno de sus órganos internos, y probablemente la mantuvo con vida. Después de una hora de parto agotador, pudo sacar al bebé de su propio útero.

El bebé comenzó a respirar de inmediato, y Pérez agarró un par de tijeras para cortarle el cordón umbilical antes de caer inconsciente. Cuando recuperó la conciencia, Pérez se cubrió el abdomen con un suéter y le dijo a uno de sus otros hijos, Benito, de seis años, que pidiera ayuda en la ciudad.

Benito regresó con el ayudante de salud local, León Cruz, quien cosió la herida de Pérez con una aguja e hilo comunes. Cruz y otro sanitario ayudaron a transportar a Pérez y su recién nacido, a quien llamó Orlando, a un hospital a ocho horas de distancia. Allí, los médicos pudieron curarla completamente, 16 horas después del nacimiento de Orlando. Los obstetras del hospital se maravillaron con la cirugía que la misma Pérez se había practicado.

No tenía sangrado interno ni sepsis, y su útero se estaba comportando como lo hubiera hecho después de un parto normal. Los médicos publicaron el estudio del caso de Pérez en la Revista Internacional de Ginecología y Obstetricia, para llamar la atención sobre la difícil situación de las mujeres, como Pérez, que viven en lugares remotos y no tienen acceso a la atención médica adecuada.

El estudio publicado también le otorgó a Pérez el merecido reconocimiento de ser la única mujer realizó una cesárea a sí misma, por la que sobrevivieron tanto la madre como el bebé.

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